Inmersa en una maternidad invisible. 

Devastadora. Silenciada y ocultada.

El 27 de abril, nació  Lua, nuestra amada hija.

Su belleza era tan pura que creíamos que en el algún momento se despertaría. Pero no fue así.

Cuando esperábamos la vida, llegó la muerte. El gran tabú de la sociedad y, más aún, de la maternidad.

Estoy pasando por un proceso muy difícil. El dolor es inmenso y cuesta lidiar  con lo mundano.

Todo va muy poco a poco.

Mis lágrimas brotan cada día limpiando la frustración, la culpa, las proyecciones, la pena, el vacío…

Y día a día, voy danzando el duelo.

Consciente que lo único capaz de transformar el dolor es el AMOR.

Más que nunca necesito la presencia, los abrazos y la escucha, la naturaleza y la danza.

La vida me regaló una hija hermosa y ahora debo aprender a vivir sin ella. Un gran reto.

Por ello volver al cuerpo es vital. Bailar y bailar para sanar, para transformar todo lo que las palabras no pueden expresar.

Después de cuatro meses bailando sola, siento que mi sanación, ahora, va de la mano con volver a trabajar y reencontrarme con la fuerza del grupo.

Quiero volver a espejarme en las mujeres que tanto admiro. Preparar las sesiones, dejarme sostener y bailarlo TODO.

El cuerpo de Lua murió, pero el mío no.

Ahora quiero volver a empezar y danzar para ser RESILIENTE.

Convertir el dolor en amor, abrazar su libertad y agradecerle por todo lo que me dio es mi mayor propósito.

Si quieres acompañarme, te estaré infinitamente agradecida.

 

 

 

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